Ernesto Sandler
EMPRENDER Marzo 2026

No somos iguales


Aceptar que los seres humanos no somos iguales en cuanto a nuestras capacidades y talentos es sumamente valioso porque permite fijar objetivos de superación para erradicar las carencias que impiden al progreso individual o colectivo.

Cada ser humano es único 

A partir de la premisa de que todos los habitantes del país son iguales ante la Ley se ha expandido la errónea creencia de que todos somos iguales en muchas cosas que no lo somos. Esta percepción social suele generar consecuencias que dañan la convivencia, ponen freno a los estímulos de superación, dificultan el ejercicio de la autoridad, desvalorizan el mérito, frenan el progreso y promueven el establecimiento de derechos inviables porque que no pueden materializarse. 
No se puede desconocer ni dejar de tener presente que cada persona es un ser único en cuanto a su personalidad, talento o sentimientos. Pueden existir personas con capacidades, conocimientos o características físicas parecidas pero no hay dos personas exactamente iguales. Cada persona es un ser único no solo por su especifico ADN sino también por la educación recibida, el hábitat donde creció, sus vivencias culturales, lazos familiares y sentimientos. Existen muchos factores endógenos y exógenos que determinan que cada persona sea única en cuanto a su identidad, personalidad y capacidades. Lo mismo pasa en la naturaleza y en el reino animal: no hay dos rosas iguales ni dos perros idénticos. 
La ciencia y la experiencia ha corroborado que cada ser humano tiene talentos, fortalezas, emociones, debilidades, características físicas, carencias y una forma de ser que le son propias y la diferencian de los demás. Algunas personas miden 1.90 m de alto y otras solo 1.50 m. Algunas tienen ojos rasgados y otras de color azul. Hay personas que tienen gran resistencia para correr una maratón mientras que otras deben abandonar una caminata en los primeros cincuenta metros del recorrido. Algunas cantan como Pavarotti o pintan como Miguel Ángel mientras que otras no tienen ninguna condición artística. También hay gente que tiene la capacidad de expresar su amor de manera intensa y otras que no pueden demostrar sus sentimientos. Y así podríamos continuar con una interminable lista de características que determinan que cada persona es diferente y tiene distintos potenciales para lograr determinados objetivos. 

Reconocer la multiplicidad de diferencias que tiene la gente ayuda a erradicar y superar las desigualdades que pueden dar lugar a la discriminación, explotación y marginación al mismo tiempo que permite reconocer los méritos, capacidades o aptitudes que deben ser valoradas por ser positivas. 


No somos iguales

Aunque al formar parte de un grupo de pertenencia es normal que se tengan conductas, capacidades, costumbres u objetivos parecidos no se puede desconocer que las personas tienen entre sí muchas diferencias culturales, naturales, emocionales o creativas. Cada persona es un mundo, dice la expresión popular. Entre las personas no existe la igualdad plena, pura y absoluta. Por lo tanto no se puede hacer desaparecer a la fuerza o con una Ley las diferencias étnicas, emocionales o religiosas como muchas veces han intentado llevar adelante dictadores e irresponsables dirigentes sociales. No dudamos que las políticas públicas y culturales ayudan a disminuir las diferencias generadas por factores sociales, educativos o económicos. Sin embargo, esas políticas públicas no pueden evitar que existan diferencias entre las personas según sus capacidades, talentos, conocimientos o emociones. 
Aunque afecte los sentimientos de mucha gente y genere malestar entre los idealistas que se esfuerzan al construir un mundo en donde no existan desigualdades, no se puede evitar que objetivamente los seres humanos seamos distintos y consecuentemente tengamos conductas diferentes que generan resultados distintos. Las diferencias culturales, emocionales, intelectuales, deportistas, artísticas o creativas –para solo citar algunas- siempre han existido y seguramente existirán en el futuro aunque muchas diferencias negativas se hayan erradicado y reducido a lo largo de la historia. 

No se trata de negar la existencia de las diferencias sino de evitar que esos contrastes o diferencias sean utilizados para discriminar, explotar, abusar, descalificar o perseguir a los distintos. 

Para evitar que algunas de las diferencias prevalecientes entre las personas genere consecuencias dañinas y sean un obstáculo para su progreso individual y colectivo es fundamental apelar a herramientas como el aprendizaje, capacitación y formación profesional. La gran mayoría de las personas tienen la posibilidad de incorporar, desarrollar y multiplicar sus talentos naturales y superar muchas carencias a través de la educación. La historia es un claro ejemplo sobre cómo evolucionó el hombre de Neandertal hasta la actualidad a partir del aprendizaje empírico y teórico. 
A diario nos sorprendemos, ya sea en el deporte, la ciencia, la cultura o la vida cotidiana, como las personas en todos los rincones del Planeta pueden mejorar sus capacidades, talento, creatividad y conocimientos. Sin embargo, también es cierto que no todos logran iguales objetivos ni resultados a partir de una misma educación. Siempre existen diferencias en las personas -dadas por su pasión, voluntad, perseverancia, inteligencia, intuición, capacidad de asimilación o creatividad- que determina que la capacitación no siempre genere resultados similares.

La igualación forzada

Para disminuir los efectos negativos que generan determinadas diferencias naturales o adquiridas entre los miembros de una comunidad es muy importante la implementación de políticas públicas. Las acciones gubernamentales permiten que las desigualdades sociales, culturales, religiosas o económicas no sean un obstáculo insalvable para progresar y lograr un determinado bienestar. Sin embargo, tratar de erradicar esas diferencias evitables a través de las políticas publicas no implica que todas las diferencias existentes entre las personas sean evitables o puedan ser superadas con políticas educativas, culturales, sociales o económicas. Muchas veces eso es materialmente imposible y otras veces esas herramientas son contraproducentes porque generan más daño que el que intentaban eliminar. Por lo tanto es muy importante no utilizar políticas públicas que busquen una igualación forzada que no es posible de lograr por múltiples razones. 
La experiencia muestra que no siempre las herramientas utilizadas por los gobiernos para reducir o evitar algunas desigualdades sociales, culturales o económicas han sido positivas o lograron los efectos deseados. En muchas oportunidades la aplicación forzada de políticas tendientes a la igualación han incrementado los daños. Muchas de esas políticas públicas terminaron frenando la movilidad social, cancelando el progreso, cercenando la libertad, destruyendo el crecimiento colectivo y destruyendo el individualismo a partir de la masificación. 

En la historia se pueden hallar múltiples acciones públicas destinadas a imponer la igualdad social a cualquier precio. Esto se pudo apreciar en la llamada Revolución cultural china que trató de imponer dictatorialmente una igualdad económica, social y cultural generando millones de muertes sin lograr esa igualdad soñada. 

Buscar la igualdad económica, social, política y cultural debe ser el principio rector que debe seguir todo ordenamiento social y todas las políticas públicas. Pero esa igualdad no se puede imponer por la fuerza ni en todos los ámbitos sociales. Se puede promover que todos tengan la posibilidad de cantar en un coro pero no se puede pretender que todos canten igual. Las diferencias entre las personas existen y deben ser respetadas en la medida que no sean utilizadas para perjudicar o marginar a otros. Al pretender imponer por la fuerza la igualdad entre las personas en todos los ámbitos se termina socavando los estímulos de superación que son fundamentales para el desarrollo, la innovación, la libertad, la rebeldía, la excelencia y la movilidad social. En otras palabras, pretender que todos canten igual impedirá que el coro logre una mayor excelencia o que pueda afinar como corresponde. 
En nuestro país –en reiteradas oportunidades– se ha intentado igualar a la fuerza en donde se percibe que existen diferencias personales y sociales. Al hacerlo –aun sin quererlo– las políticas implementadas terminaron por cancelar la libertad, dañar el estímulo de superación, desconocer el mérito y destruir el germen del progreso. La búsqueda de una igualdad generalizada terminó en una igualación hacia abajo que dio lugar a una sociedad mediocre, improductiva sin motivaciones para progresar. La igualación hacia abajo fue responsable de que los niveles de excelencia decayeran a grado extremo. 
En nuestro país las políticas y bienestar de igualación forzada se tradujeron en el rechazo a las calificaciones escolares, las pruebas PISA, la eliminación de los exámenes de ingreso a la universidad, el fin de los cuadros de honor, el rechazo a la competencia, la descalificación de meritocracia y la eliminación de una mayor recompensa para quienes generan mejores resultados económicos, entre otros efectos negativos para el progreso. 
En el intento de imponer el principio de que todos somos iguales -a través de una dogmática y errada ideología igualitaria- se suprimió la vara objetiva que permite medir la eficiencia, el talento, las carencias, la productividad, la rentabilidad, el esfuerzo o el conocimiento que son tan importantes para construir un modelo económico y cultural más beneficioso para la sociedad. Al imponer una igualación forzada entre las personas se produjo una disminución del nivel general de excelencia en los ámbitos económicos, el educativo, el cultural, social, el laboral y el artístico. 
Las políticas de igualación implementadas en Argentina durante décadas cancelaron los deseos de superación, la cultura del trabajo, la competencia productiva, las ambiciones y la movilidad social ascendente. Al querer igualar lo que no es igual se terminó sobre estimulando la dejadez, la apatía, el desinterés y la falta de voluntad para alcanzar un grado superior de perfección. La búsqueda de una igualdad insustentable eliminó los niveles de excelencia. 

Al imponer la premisa de que todos somos iguales y de que no pueden tenerse presentes las diferencias personales porque es un acto discriminatorio decayó el compromiso e interés de superación en toda la sociedad. 

El noble y necesario objetivo de promover la igualdad en ámbitos en donde existían desigualdades negativas y evitables llevó a la implementación de políticas de igualación forzada que destruyeron valores, objetivos y motivaciones que estimulan el desarrollo personal y colectivo. Al difundir desde el Estado, las escuelas, los partidos políticos, los sindicatos y organizaciones sociales la premisa de que todas las personas son iguales y que debe evitarse cualquier reconocimiento a las diferencias positivas o negativas que pudieran presentarse se canceló el motor del desarrollo individual y social. Al desconocer que todos tenemos carencias y fortalezas meritorias se eliminaron los referentes de valoración que toda sociedad necesita para cambiar, mejorar y desarrollarse. Progresivamente las políticas de igualación forzada acabaron con el estímulo de esforzarse para mejorar. Los argentinos descubrieron que daba lo mismo ser un burro que un gran profesor. Daba lo mismo no esforzarse que ser aplicado, estudioso, trabajador o un sacrificado emprendedor. 
No reconocer el mérito de los que estudian, no calificar a los alumnos de acuerdo a su nivel de aprendizaje o no premiar a los médicos que se esfuerzan de dar una mejor atención a sus pacientes es una barrera para la superación personal. Esa misma desmotivación se presenta cuando se paga el mismo salario a todos los empleados de acuerdo al puesto o categoría sindical sin importar su esfuerzo o productividad. Al desconocer las diferencias en las capacidades personales y forzar la igualación entre los distintos se canceló la creatividad, la motivación, el deseo de superación y el compromiso de buscar objetivos innovadores. 

Cuando desaparece el reconocimiento y recompensa al mérito se termina construyendo una sociedad más injusta y desigual porque la gente comienza a ser recompensada por el amiguismo, el tráfico de influencias o por el grupo de pertenencia política.


Igualdad y discriminación

Reconocer que no todos somos iguales en muchas cosas no es un acto discriminatorio como muchas organizaciones sindicales, políticas o intelectuales sostienen. La discriminación consiste en utilizar las diferencias culturales, sociales, económicas o étnicas para excluir, explotar o marginar a las personas. 
Tomar nota de las diferencias que prevalecen en el seno de la sociedad, lejos de ser un acto discriminatorio, es el punto de partida para erradicar o superar esas diferencias para que no exista ningún tipo de discriminación. 
No hay duda de que la discriminación, la marginación o los abusos a partir de las diferencias que presentan las personas deben ser erradicados y condenados. Ser alto, tener ojos azules, color de piel negra, ser mujer, gay, haber nacido en un asentamiento o ser hijo de un millonario no puede ser utilizado para discriminar, descalificar o beneficiar a alguien. 
La sociedad y sus gobiernos no pueden dejar librada a la suerte a aquellas personas que tienen algunas limitaciones o carencias que les impiden progresar o integrarse a los procesos de producción para lograr una mejor calidad de vida. Es tarea de la sociedad y sus instituciones hacer todo lo posible para impedir que las diferencias que existen entre las personas sean utilizadas para descalificar, abusar, explotar o marginar. Es objetivo de los gobiernos evitar que las diferencias económicas, culturales, educativas, raciales o ideológicas que se presentan en toda sociedad sean utilizadas como excusa para premiar a algunos y castigar a otros. Un Estado debe promover políticas que aseguren la posibilidad para que todos tengan iguales oportunidades de alcanzar las metas que se propongan, sin que esto implique imponer una igualación forzada que desconoce el mérito, el esfuerzo, la creatividad, el talento o las capacidades de las personas. 
Un buen gobierno debe hacer todo lo posible para disminuir las desigualdades evitables y al mismo tiempo estimular el progreso individual y colectivo reconociendo a aquellos que se esfuerzan, trabajan, crean y producen.

COMPARTIR     COPIAR LINK

contact0

Bellavision Entertainment
Av. del Libertador 5936,
Buenos Aires. Argentina
+ 54 11 4786 3616
+ 54 11 4784 3929

redes sociales

Linkedin
Instagram